Las ciudades argentinas tuvieron históricamente un buen diseño urbano. Las manzanas estaban divididas en clásicas cuadrículas, el área central de gran calidad estaba destinada a edificios públicos de exquisita arquitectura, las plazas y parques diseñados por paisajistas de renombre mundial, las zonas comerciales atractivas, los bulevares y áreas residenciales con viviendas de categoría y los barrios suburbanos bien organizados. Casi todas las ciudades estaban rodeabas por cinturones verdes de quintas y huertas. Pero todo esto se terminó. Fue en 1977 cuando mentes bien intencionadas pero ignorantes del orden natural sancionaron la ley 8912 denominada “Ley de ordenamiento territorial y uso del suelo”. A partir de ella y en todo el país, los pobres ya no pudieron comprar lotes de tierra por $ 20 mensuales. Se terminaron los remates bien organizados y no pudieron tener títulos de propiedad. Comenzó la era de los “countries”, “barrios cerrados” y “urbanizaciones de lujo” donde el lote de un terreno costaba entre u$s 20 mil y u$s 100 mil. Inaccesible para los pobres y la clase media.
Gobiernos militares y civiles, de derecha y de izquierda, peronistas y radicales, no supieron ver el problema.
Ahora lo estamos pagando con esta inesperada “invasión de los bárbaros” que reclaman un pedazo de tierra para construir su casilla. Porque lo importante no es regalarles la vivienda, sino que sean propietarios de un lote de terreno adquirido con sus recursos y que, de a poco, con esfuerzo y ayuda fiscal puedan ir construyendo y mejorando su casa.
IGNORANCIA DEL ORDEN ESPONTANEO
Los gobernantes argentinos tienen una ignorancia genética profundamente grabada en sus ADN : no saben distinguir entre el orden espontáneo y el orden forzoso. El orden espontáneo surge cuando las leyes amparan la vigencia de estas tres condiciones para la convivencia social.
1º CUMPLIR CON LA PALABRA EMPEÑADA.
2º RESPETAR LA POSESION PACÍFICA DE LOS BIENES AJENOS
3º TRANSMITIR BIENES POR CONSENSO SIN FRAUDE, NI ENGAÑO, NI PREPOTENCIA.
Bajo este orden espontáneo surgieron los barrios, las ciudades y las empresas privadas que dan trabajo a la gente. Cuando el Estado quiso alterar ese orden espontáneo imponiendo una organización prepotente, obligatoria, dispuesta por la fuerza de la ley , en algunos casos tecnológicamente avanzada pero sin libertad de espíritu, entonces emergió el caos y el desorden que hoy estamos presenciando. Y lo mismo puede pasar próximamente cuando se sancionen y apliquen las leyes intervencionistas con las entidades de medicina prepaga, los medios de comunicación audiovisual, la educación privada, el sistema de tarjetas de crédito.y la propiedad privada de la tierra rural.
TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR
Hasta mediados de los ‘70, las personas humildes vivían en barrios del suburbio, en casas de una planta, hechas con mampostería de ladrillos, unidos con mortero de cal y arena, mosaicos calcáreos en patios y cocina, pisos de pinotea con cámara de aire en los dormitorios, techos de chapas de zinc o de ladrillos cargados sobre la famosa bovedilla catalana.
Estaban construidas en lotes de 10 varas de ancho (8,356 m), por un largo de 30 a 50 metros, donde se armaba el gallinero y preparaba la huerta. Casi siempre había una higuera y un limonero. Eran casas modestas pero seguras y confortables. Se iban construyendo de a poco, agregando nuevas piezas a medida que la familia crecía. Los arquitectos las llamaban “casas chorizos”. Alberto Vaccarezza las inmortalizó en el sainete del Conventillo de la Paloma.
Si sus ocupantes tenían la suerte de ser amigos de algunos hábiles albañiles, embellecían las fachadas con alguna que otra pilastra, zócalos, listeles, frontis triangulares o semicirculares encima de las ventanas, arquitrabes, frisos y cornisas que les otorgaban un aspecto sumamente atractivo. Esos viejos albañiles italianos eran los famosos “frentistas” que construyeron nuestros más emblemáticos edificios. En Rosario hicieron las residencias del “Paseo del siglo”, que hoy se conservan como ejemplo de arquitectura Art Nouveau hechas con material de frente denominado “piedra París” .
BARRIOS POBRES PERO NO VILLAS MISERIAS
Había barrios pobres, muy pobres, pero no existían las villas miserias, que se multiplican hoy en día, donde vive una multitud cada vez mayor de ciudadanos en condiciones tan inhumanas que ni los animales se les asemejan.
¿Por qué ha sucedido todo esto? ¿Porqué esa invasión de parques por miles de familias que se asemejan a los bárbaros medievales ocupando y destruyendo las áreas urbanizadas? ¿Qué han hecho los sucesivos gobernantes democráticos o de facto para que las familias tengan que vivir en covachas inmundas, indignas de seres humanos?
COMO FUNCIONABA EL ORDEN NATURAL
A pesar de que la constitución nacional lo consigna pomposamente, en materia de erradicación de villas miseria los gobiernos peronistas y no peronistas no han hecho absolutamente nada. Sólo las ha incrementado, para utilizarlas electoralmente como ganado doméstico que se arrea en los actos políticos.
Los ideólogos cuando llegan al poder actúan como las siete plagas de Egipto, obrando con una perniciosidad sólo comparable con los escandalosos actos de corrupción que cometen a diario.
Destruyeron el proceso natural por el que los pobres tenían acceso a la propiedad privada e impidieron que, en el mejoramiento de la vivienda propia, volcasen los pocos pesitos que podrían ahorrar.
El proceso natural se desarrollaba de este modo.
1º Una oficina de rematadores -que gozaba de la confianza pública- a cargo de un martillero público ofrecía, a los dueños de baldíos en los aledaños de la ciudad, convertirlos en terrenos urbanos. El atractivo consistía en que esa tierra, sin valor agrícola, podía ser transformada en terreno del conurbano valorizándose sustancialmente.
2º Agrimensura. Con un agrimensor, emprendían la tarea de amojonar y medir el terreno, estableciendo lotes, con sus respectivos niveles y calzadas. Una vez llevada al tablero la división de la tierra, se dibujaban lotes y calles, designándoselas con nombres de patriotas o personas ilustres. Los lotes se numeraban según el tamaño y la calidad de su ubicación. Una parte del terreno quedaba reservada para construir el templo parroquial, la escuela primaria, el puesto policial, el dispensario médico y la oficina del registro civil.
3º Plano de urbanización. El plano resultante se llevaba a la Dirección de Catastro o Registro de la propiedad inmueble, y se gestionaba la aprobación oficial. En ciertos casos se hacían trabajos con moto niveladoras para emparejar el terreno, formar cordones y trazar veredas huecas para pasar ulteriormente las redes con distintas cañerías.
4º Pública subasta. Luego los rematadores organizaban una verdadera fiesta de capitalismo popular, convocando a la pública subasta. Alquilaban medios de transporte para llevar y traer a los interesados, levantaban unas atractivas carpas en el lugar de remate, adornándolas con vistosos banderines y colocaban enormes carteles anunciando el remate público, incluyendo el plano del loteo. En el interior de las carpas se colocaban sillas de madera y la multitud de interesados con su familia, esperaban sentados el comienzo del remate. Para hacer más amena la espera, algunos contrataban pequeñas bandas polifónicas de la colectividad italiana o española y ofrecían un pequeño concierto de canzonettas, pasodobles y música popular.
5º Acto solemne. Los martilleros comenzaban el acto realizando una descripción muy vívida del terreno y aleccionaban a la gente sobre las ventajas de tener una propiedad para asegurarse el techo propio y proteger el futuro de los hijos. Algunos martilleros egregios, como don Elías Carranza Saroli, don Fernando Pesán y don Angel González Theyler en Rosario, y Francisco F. Vinelli, Rodolfo Vinelli, Guillermo y Ricardo Vinelli en Capital Federal, se convertían en relatores de la historia nacional y predicadores de normas morales, para confirmar la importancia de la palabra empeñada, el respeto a la propiedad privada y el cumplimiento de las promesas.
6º Escudo nacional. Se solían repartir escudos patrios litografiados en hojalata, que los asistentes colocaban con orgullo en su prenda, cerca del corazón. A veces, el acto incluía el canto del himno nacional. El remate era una verdadera fiesta de civismo dirigido a los pobres de solemnidad. Siempre había algunos bocados de pan y chorizo, tiras de asado y bebidas no alcohólicas para calmar el hambre y sed de los asistentes.
7º Remate uno por uno. Los lotes se iban rematando uno por uno, según el número del loteo. Ya tenían asignado un crédito automático, pagadero en cuotas fijas de hasta 120 mensualidades. Cuando alguien compraba el lote, allí mismo registraban sus datos personales y se emitía una libreta inmobiliaria, numerada, sellada, encuadernada y forrada en hule negro, formando parte del título de propiedad inscripto en la Dirección de Catastro.
8º Libretas inmobiliarias. Esas libretas eran una parte de la propiedad total y como tal podían ser hipotecadas, compradas, vendidas o cedidas en donación. Poseer la libreta inmobiliaria de hule negro era un orgullo para las personas humildes porque por pocos pesos mensuales se convertían en propietarios.
9º Propietarios, no proletarios. Por primera vez en la vida, contaban con un capital propio, eran dueños de un título que los respaldaba y les servía de garantía para conseguir créditos en tiendas, almacenes de ramos generales y hasta para aspirar a un trabajo estable en industrias importantes. Posteriormente y de a poco, el municipio se encargaba pavimentar las calles del loteo, instalar los servicios de electricidad, gas, agua potable y la red cloacal. El martillero era el que gestionaba todas estas obras de urbanización.
10 º Inscripción en Catastro. Después de emitidas, las libretas se inscribían en el Registro de la Propiedad y a partir de allí eran dueños-propietarios del terreno. Sin trámites bancarios recibían el primer crédito importante de largo plazo. Era un acontecimiento imborrable para las familias. El parcelamiento de las tierras daba origen a la formación de los nuevos barrios y uno de los pioneros que contribuyó a la formación de las ciudades fueron don Rodolfo J.W. Vinelli y su padre don Francisco F. Vinelli (1876-1970). En 1906 inició el parcelamiento de las primitivas quintas en Ituzaingó y permitiendo la instalación de nuevos núcleos poblacionales.
LOS TECNOCRATAS DE SIEMPRE
Esos tiempos de bonanza para las personas humildes comenzaron a desaparecer a partir a mediados de los ’70, y se acrecentaron con el shock devaluatorio de Celestino Rodrigo, ministro de economía de la primera mujer presidenta que tuvo el país.
Como consecuencia del sinceramiento de tarifas, ocurrido después del patoteril control de precios de José Ber Gelbard y del congelamiento de salarios precedente, se desató una inflación incontenible que produjo la devastación de los ahorros. Las posibilidades de construir viviendas por el sistema de ajuste alzado a precios fijos inamovibles fueron liquidadas. Muchas empresas constructoras quebraron.
Pocos años después, en 1977 y desde el decreto-ley 8.912/77, llamado pomposamente “Ley de Ordenamiento territorial y uso del suelo”, comenzaron a surgir por todo el país leyes regulatorias que impedían los clásicos loteos exigiendo a los martilleros dotar previamente a los terrenos suburbanos de una planificación que el Estado no tenía, con infraestructura sumamente costosa y compleja compuesta de pavimentos de hormigón, cordones y veredas, faroles de alumbrado público, servicios de agua y red cloacal hasta la puerta del lote, cañerías para la distribución de gas y cámaras subterráneas para equipos de transformación y rebaje de energía eléctrica domiciliaria. Es decir que el Estado quiso desentenderse de una función esencial de los municipios y tirarle el fardo a los privados.
En un marco de inestabilidad monetaria y con costos crecientes, esa infraestructura implicaba una altísima inversión de riesgo que no podía ser pagada por los humildes compradores de los viejos loteos.
Por lo tanto el mercado del loteo desapareció y la vivienda fue inaccesible para ellos.
Las operaciones inmobiliarias se redujeron a personas de altísimos niveles de ingreso que, por moda cultural, decidieron mudarse a countries y barrios cerrados en los alrededores de las grandes ciudades. Los pobres y la clase media con escasos recursos no tuvieron nunca más acceso a una vivienda hecha con sus propios ahorros.
El orden natural por el cual los pobres también podían llegar a ser propietarios había sido destruido y comenzaron a surgir los asentamientos irregulares, las villas de emergencia y los tenebrosos barrios de viviendas colectivas convertidos en refugio de delincuentes donde la policía y los servicios de emergencia médica temen ingresar.
EL RETORNO A LA PROPIEDAD PRIVADA
El problema de las villas miserias no tiene solución alguna si no se encara como una operación de
gran prioridad para volver a convertir a los proletarios en propietarios.
El acceso a la propiedad privada y el otorgamiento de títulos de propiedad transferibles constituyen tareas prioritarias. Luego vendrá la urbanización de las actuales villas, abriendo accesos y calles adecuadas con una reparcelización de aquellos habitantes a quienes habrá que expropiarles el terreno ocupado.
Otras cuestiones importantes son: la delimitación física de la villa miseria para evitar que se siga expandiendo y la construcción, en cada lote, de un núcleo central compuesto por baño, cocina y sistema de desagües de aguas servidas, dejando que en el resto del terreno los ocupantes-propietarios construyan las habitaciones que necesiten y puedan.
El ser humano satisface sus necesidades transformando las cosas que le rodean, pero cuando construye algo y lo utiliza, necesita que ese proceso sea controlado y dirigido por alguien. Para ello es necesario que pueda decirse “yo cuido de esto” y “nadie sin mi permiso puede tocarlo”.
En todas las lenguas del mundo, esa función de fiscalizar la acción económica, tiene vocablos como “mío”, “tuyo”, “de mi padre”, “de mis hijos” o “del municipio”, los cuales se resumen en dos sustantivos esenciales de la naturaleza humana: “propiedad” y “dominio”.
Cualquier acción para producir y consumir riqueza es imposible sin que alguien pueda y tenga el derecho a fiscalizar el proceso de creación de riqueza.
Lo deprimente de las villas miseria es precisamente la absoluta y total carencia de propiedad privada, representada por un título de propiedad, lo cual significa que esas covachas donde habitan no es de nadie y un buen día pueden ser desalojados o desplazados por acción de alguien más poderoso. Finalmente ese poderoso no es el funcionario del Estado, ni el capitalista inmobiliario, sino el narcotraficante que edifica su poder en medio de la anarquía.
*Dr. Antonio I. Margariti, Rosario, Agosto de 2011